Psicóloga Ana Menéndez en la Residencia Spa de Felechosa

Vivimos inmersos en la cultura de la inmediatez, podemos conseguir casi cualquier cosa a golpe de click gracias a internet sin siquiera pararnos a pensar en las posibles consecuencias de ese click que hemos hecho. Esto, cuya utilidad no cuestiono, hace que  conseguir cosas así pueda tener para nosotros consecuencias de muy diverso tipo: económicas, sociales, emocionales, de salud y un largo etcétera. Corremos, sin duda,  el riesgo de acumular deudas económicas y objetos sin fin y sin sentido; y esto quizá sería el mal menor. Porque lo peor puede llegar cuando trasladamos ese deseo de inmediatez a las relaciones personales en las redes sociales: “He escrito, no me contestan, quiero que lo hagan YA.” ¿Qué se ha creído éste o ésta, que me puede tener esperando? “Mira, no me dicen nada… serán…”.

“Mira, está en línea, seguro que es por mí” o “Mira, no se conecta, me está evitando”

Olvidamos así que nosotros no somos el centro del universo  aunque seamos parte de él y los otros tampoco lo son, que pueden tener otras ocupaciones o preocupaciones que distan mucho en algún momento de la satisfacción inmediata de nuestra necesidad.

La cuenta de malentendidos, broncas y dificultades en las relaciones que las redes sociales (tan útiles por otro lado) provoca cada día se cuentan por millones. La cultura del click inmediato ha hecho que se digan cosas sin pensar y  se suban fotos que la persona jamás habría subido si lo hubiese pensado dos veces. Ha traído también obsesiones, noches en vela, espionajes infructuosos.

Horas y horas en las que, poco a poco, damos un valor a algo que quizá no tiene tanto y que lo que sí hace es restar auténtico valor a las cosas que sí lo tienen: en este caso  nosotros mismos y  nuestra vida.

Vivimos también en la cultura del usar y tirar. Milagrosamente la basura desaparece sin que veamos cuanta podemos llegar a generar y con ella se lleva todo lo que hemos desechado sin darnos ni cuenta. Ya no pensamos en reparar relojes, aspiradoras o recoser los bajos de un pantalón. Directamente nos compramos otro y es que, además, es tan barato… . Y eso mismo hacemos con nuestros niños. Antes de que pidan algo ya lo tienen. Incluso somos nosotros, los adultos, los que les creamos necesidades en las que ni siquiera habían pensado. Así cada año salen miles, millones o que sé yo de juguetes para satisfacer o crearnos nuevas necesidades de consumo: Que si un nuevo tipo de peonza, que si un juego para la video consola imprescindible, o esa muñeca con un animalito o esa otra sin él o ya no eres nadie sino tienes tal o cual cosa para salir a jugar a la calle. Y eso…si es que sales a jugar a la calle alguna vez entre tanta actividad extraescolar y tanto corre para acá y corre para allá.

Y para no interrumpir este ritmo frenético de nuestros niños,  ¿Qué pasa cuando ellos nos piden quiero esto o aquello?. Quizá, inicialmente, les decimos “no, ahora no, hay que esperar” pero ellos no quieren esperar y entonces (como cualquier niño) se enfurruñan y lloran o insisten o ambas cosas. Y estamos tan ocupados o no queremos que el niño sufra o.. ¿Qué suele pasar entonces? Que alguno de los adultos del entorno: padres, abuelos, tíos o… aparecen con el objeto deseado. Objeto que acaba en un cajón a los pocos días sin volver a ser recordado.

El objeto deseado pueden ser muchas cosas: una prenda de ropa, un juguete, un juego, una chuchería, un…. Que consiguen de forma más o menos inmediata, sin pensar en lo que cuesta o en la energía invertida para hacerlo o en el esfuerzo personal que ha hecho quien lo ha comprado.

Si nuestros niños no aprenden el valor de las cosas, no conseguirán sus metas: no sabrán perseverar después de haber fallado; y no sabrán tener vidas con sentido

¿Qué les estamos robando a nuestros niños con esa actitud? ¿Qué nos estamos robando a nosotros, los adultos, que también continuamente hacemos algo similar para nosotros mismos?

Pues nos robamos la capacidad para esperar a que llegue el mejor momento para actuar, nos robamos el aprender a valorar si de verdad queremos eso que pedimos o es un mero capricho, nos robamos la posibilidad de aprender a dar, de verdad, el valor auténtico que las cosas tienen, que las personas tienen. Nos robamos el darnos valor a nosotros mismos.

Y yo me pregunto el para qué de tanta prisa, no alcanzo a saber a dónde nos llevará pero lo que sí que tengo claro es que corremos y corremos para no llegar a ninguna parte. Casi no nos paramos a mirar nuestra vida de tan ocupados que estamos y así no le prestamos la  atención debida para ver si hay en ella algo que cambiar, que mejorar, alguna persona a la que dejar ir, alguna a la que dar la bienvenida.

No valoramos a los amigos hasta que ya no están, nos olvidamos de que una vez tuvimos un momento inolvidable en el que no hicimos nada, NADA.  Simplemente esperar por un chocolate caliente con churros o por unas castañas que se estaban asando en la chapa de la cocina de carbón. Y que tardarían en hacerse el tiempo que hiciese falta.

¿Para qué esperar si ya tenemos aceleradores hasta para el tinte del pelo?

Si nuestros niños no aprenden el valor de las cosas, no serán capaces de perseverar lo suficiente para conseguirlas y tampoco atesorarán recuerdos de esos que merecen la pena y te permiten sonreír al recordarlos. Si nuestros niños no aprenden el valor de las cosas, no conseguirán sus metas porque no habrán aprendido a tolerar la espera, el volver a intentarlo después de haber fallado una, dos o las veces que hiciese falta. Si nuestros niños no aprender el valor de las cosas no sabrán tener vidas con sentido, con propósito, con dirección; de esas que te hacen feliz a pesar de las dificultades, de esas que te hacen pensar bien de ti y quererte. De esas que hacen que te levantes cada vez que te caes para seguir. De esas, en suma, que te hacen sentirte orgulloso de ti mismo.

Y a nosotros, a este paso, como no reaprendamos a darle el valor a las cosas que un día sí tuvimos, la muerte nos pillará tan ocupados que ni nos enteramos de que hemos estado vivos.

Ahora estamos a tiempo…que tanto click y tanta búsqueda de satisfacción y placer inmediato no nos deje sin capacidad de recordar que estamos VIVOS y que eso significa mucho más que una nueva tostadora, una vídeo consola o un encuentro fortuito, apresurado y vacío.

ANA MENÉNDEZ es psicóloga sanitaria, especialista en emergencias, crisis y cuidados al final de la vida. Profesional en la Residencia de Mayores de Felechosa-Grupo Montepío

“Objetivo uno: ayudar a la gente a ser más feliz”